Somos un matrimonio que lleva 26 años casado y tenemos dos hijas, de 21 y 22 años. Ambos procedemos de familias católicas, pero durante nuestra juventud nos fuimos alejando del Señor. Incluso llegamos a plantearnos si casarnos por la Iglesia, aunque finalmente lo hicimos, con una gran celebración, sin ser muy conscientes del tesoro que recibíamos.
Después continuamos viviendo con poca relación con Dios. Acudíamos a bodas, bautizos y comuniones, pero poco más. Todo empezó a cambiar cuando, tras varios años de matrimonio y muchos meses esperando, llegó nuestra primera hija, Julia. Poco después, para nuestra sorpresa y alegría, nació Alejandra. Ambas fueron bautizadas, y sin darnos cuenta el Señor comenzaba a acercarnos nuevamente a Él.
Cuando llegó el momento de la catequesis, decidimos acompañar a nuestras hijas todos los días y quedarnos a la Eucaristía. Aquello fue cambiando nuestra vida. Ellas aprendieron guitarra y comenzaron a tocar en el coro parroquial; nosotros también nos unimos cantando. Poco a poco la parroquia se convirtió en nuestra casa.
Durante la pandemia dejamos algunas actividades, pero no la asistencia a Misa. Una noche, nuestra hija Alejandra nos propuso rezar por un sacerdote amigo que estaba pasando por una situación difícil. Desde entonces, todas las noches rezamos juntos en familia por los sacerdotes. Aquella oración fortaleció nuestra fe y nuestra unidad.
Con el paso de los años, nos considerábamos una familia privilegiada , participábamos desde hacía tiempo en un grupo de matrimonios de la parroquia, empezamos a notar cómo la rutina y la monotonía se hacían presentes. Éramos buenos gestores de nuestra familia, pero todavía nos faltaba descubrir el verdadero proyecto de Dios para nuestro matrimonio.
Hace algo más de tres años conocimos Proyecto Amor Conyugal y decidimos participar en un retiro. Fuimos convencidos de que nuestro matrimonio estaba bien y que sería una simple puesta a punto. Sin embargo, descubrimos cuánto podíamos mejorar, sanamos heridas que ni siquiera sabíamos que existían y comprendimos que nuestro matrimonio no era de dos, sino de tres: Dios debía estar siempre con nosotros.
Desde entonces nos queremos como nunca antes. Empezamos a participar en adoraciones, catequesis y actividades de Proyecto Amor Conyugal. Tanto bien recibimos que pronto estuvimos sirviendo en nuevos retiros, experimentando que el Señor siempre devuelve el ciento por uno.
Entre retiro y retiro, participe en un retiro de Emaús en Madrid. Fue una experiencia impresionante, vivida junto a hermanos de distintos países y realidades. Al regresar, nació el deseo de que Emaús llegara a nuestra parroquia. Poco después, mi esposa también realizó su retiro, y ambos comenzamos a formar parte de esta gran familia.
Con la bendición de nuestro obispo, se formaron los grupos de hombres y mujeres de Emaús en La Vall d’Uixó. Así, Proyecto Amor Conyugal y Emaús se han convertido en dos realidades que vivimos con alegría y que siguen alimentando nuestra fe.
Un día recibimos una llamada inesperada. Después de mucha oración, nos propusieron coordinar un retiro de Proyecto Amor Conyugal. La primera reacción fue sentirnos indignos e incapaces, pero comprendimos que, si era una llamada de la Virgen, no podíamos negarnos. Dijimos sí y comenzamos a servir.
Naturalmente, no han faltado las dificultades y las discusiones, pero el Señor nos ha enseñado a afrontarlas de otra manera. Muchas veces preferiríamos quedarnos tranquilamente en casa, pero cuando salimos y compartimos con nuestros hermanos, comprobamos que el Señor nos llena de alegría y fortalece nuestro matrimonio.
Hoy seguimos viviendo con gratitud estas dos realidades, que inicialmente fueron acogidas en la parroquia de la Santísima Trinidad de Castellón y que por gracia de Dios, se han extendido a lugares como La Vall d’Uixó. Hemos aprendido a poner al Señor en el centro de nuestra vida, priorizando a Dios, nuestro matrimonio y nuestras hijas. Y damos gracias porque, sin darnos cuenta, Aquel de quien un día nos alejamos nunca dejó de buscarnos y de sostenernos con su amor.
Porque nuestro matrimonio ya no es solamente nuestro: pertenece al Señor.
Testimonio de fe de Fran Javi de Anabel y de Anabel de Fran Javi.